jueves, 3 de enero de 2013

La escasez como represión



En un proceso que tiene como única razón de existencia el perpetuar en el poder a un reducido grupo, el mecanismo de represión invade todas las esferas de la forma más descarnada, y sin tener que detenerse en los tapujos de supuestos objetivos sociales, que en el proceso cubano desaparecieron o pasaron a un segundo o tercer plano hace ya largo tiempo.
En una ocasión, Fidel Castro le afirmó a un oficial de alto rango de la seguridad del Estado cubana que la conducta del gobierno chino en la plaza de Tiananmen demostraba que no sabía como reprimir al pueblo de forma adecuada, y por lo tanto éste se había visto forzado a la "dolorosa y poco placentera" tarea de "eliminar" a miles de sus ciudadanos.
La dictadura militar de los hermanos Castro no ha escatimado recursos en una maquinaria represiva eficaz, silenciosa y omnipresente. Pero no ha sido suficiente. En ocasiones la situación escapa de control y hay que recurrir a medios más burdos.
Entonces el mecanismo de terror delega la ejecución de la represión en turbas, e incluso en ocasiones en grupos que hasta cierto punto podrían catalogarse de paramilitares.
No son las autoridades, sino el propio "pueblo", quien responde a las "provocaciones".
La justificación de la violencia es la ira revolucionaria. Los actos de repudio, las Brigadas de Respuesta Rápida y el hundimiento del transbordador 13 de Marzo por un grupo de "trabajadores que actuaron en defensa de sus intereses", para citar uno de los ejemplos más conocidos, responden al mismo patrón represivo, cruel e hipócrita.
Sin embargo, esta situación de "violencia revolucionaria" no puede ser mantenida de forma permanente en su versión más cruda, y el régimen lo sabe. Por ello dosifica una tensión diaria con esporádicos estallidos ⎯a veces provocados por la misma Plaza de la Revolución y en otras como respuesta a los acontecimientos que considera tienen cierta potencialidad para poner en peligro su supervivencia⎯  de saña y algarabía.
En este sentido, uno de los aliados que por décadas ha empleado el gobierno cubano es la escasez. La falta desde alimentos hasta una vivienda o un automóvil ha sido utilizada, tanto para alimentar la envidia y el resentimiento, como en ocupar buena parte de la vida cotidiana de los cubanos.
En tal situación, la corrupción y el delito han reinado durante los 54 años de proceso revolucionario. La escasez actúa a la vez como motivación para el delito y camisa de fuerza que impide el desarrollo de otras actividades. No se trata de justificar lo mal hecho, sino de aclarar sus circunstancias. En resumidas cuentas, un análisis de la crisis económica permanente que existe en la isla no debe excluir al mercado negro, la corrupción y el delito como importantes fuerzas de un mercado informal pero poderoso.
De ahí que resulte apropiado hablar de dos fuerzas opositoras frente al gobierno cubano. Hay otra disidencia en la isla. No son hombres y mujeres valientes que desafían el poder, porque forman parte del mismo. No gritan verdades, ya que se ocultan en la mentira. Ni siquiera se mueven en las sombras. Habitan en el engaño. Son los miles de funcionarios menores –y algunos no tan menores⎯ que desde hace años desean un cambio, pero al mismo tiempo no hacen nada por conseguirlo. No por ello dejan de realizar una labor de zapa, por supuesto que para beneficio personal, que perjudica al gobierno.
La escasez también ha sido usada para incrementar la delación y la desconfianza, a partir de la ausencia de un futuro en la población manipulada como el medio ideal para alimentar la fatalidad, el cruzarse de brazos y la espera ante lo inevitable.
Mediante las detenciones de disidentes, más o menos breves y a lo largo de toda la isla, cada vez que se produce o se anuncia una actividad opositora pacífica, el gobierno de los hermanos Castro no sólo intenta sembrar el miedo, sino también el desaliento. Los argumentos son gastados, los recursos son viejos, pero la vida es una sola.
Hay que agregar además que al régimen no le basta con castigar a los independientes, quiere matar su ejemplo, enfangar su prestigio.
Con su vida fundamentada sobre el principio de la escasez, tanto económica como sicológica, tras el primero de enero de 1959 el cubano vive presa de la corrupción, que detesta y practica con igual fuerza. Desde los primeros fusilamientos hasta la Causa No. 1, es justificación y escape, motivo de envidia y rencor. El régimen de La Habana ha logrado como ningún otro gobierno anterior explotar la dicotomía de la falta de lo necesario para sobrevivir, y la corrupción actuando de respuesta para conseguirlo, como instrumentos represivos.