sábado, 12 de enero de 2013

El simulacro



La historia se escribe, como si dijéramos, dos veces que pueden ser muchas, pero al menos una como crónica de los hechos, apariencia de verdadera historia; la otra es simple producto de la imaginación, cuento, ficción que aspira no a narrar la verdad sino a engatusar con una mentira bien hilvanada. Esta es una historia en dos tiempos que al final son uno:
En uno de los días de julio de 1952, el enlutado apareció en aquel pueblito de Chaco. Era alto, flaco, aindiado, con una cara inexpresiva de opa o de máscara; la gente lo trataba con deferencia, no por él sino por lo que él representaba o ya era.
En diversos momentos, con una casi crispación entre la lealtad y el miedo, los rostros han aparecido en la televisión, siempre enfatizando un mensaje de calma y confianza que no llega a serlo. En ocasiones apelan a la fe, suplican por alguna misa o se limitan a poner cara de circunstancia donde las lágrimas están a punto de saltar o saltan. Pero no olvidan afirmar su lealtad al caudillo, concederle un viva eterno, una presencia soberana, la sucesión sin fin que se pierde en el mito.
Eligió un rancho cerca del río; con la ayuda de unas vecinas, armo una tabla sobre dos caballetes y encima una caja de cartón con una muñeca de pelo rubio. Además, encendieron cuatro velas en candeleros altos y pusieron flores alrededor . La gente no tardó en acudir. Viejas desesperadas, chico atónicos, peones que se quitaban con respeto el casco de corcho, desfilaban ante la caja y repetían: “Mi sentido pésame, General”. Este, muy compungido, los recibía junto a la cabecera, las manos cruzadas sobre el vientre, como mujer encinta. Alargaba la derecha para estrechar la mano que le tendían y contestaba con entereza y resignación: “Era el destino. Se ha hecho todo lo humanamente posible”. Una alcancía de lata recibía la cuota de dos pesos y a muchos no les bastó venir una sola vez.
Desde el principio fueron las caras oscuras, sobre todo de mujeres, las bocas marcadas por la ausencia de uno o más dientes, los labios en que aún se acumulaba la miseria besando el retrato; los hombres que buscan impartir firmeza a la expresión y se limitan al grito ocasional o el puño en alto; las manos maltratadas que se aferran al muñeco, la superstición como prueba de patriotismo, y siempre un esfuerzo claro por no permitir que los periodistas retraten desesperación o angustia, que la congoja pueda ser aprovechada por el enemigo.
¿Qué suerte de hombre (me pregunto) ideó y ejecutó esa fúnebre farsa? ¿Un fanático, un triste, un alucinado o un impostor y un cínico? ¿Creía ser Perón al representar su doliente papel de viudo macabro? La historia es increíble pero ocurrió y acaso no una vez, sino muchas, con distintos actores y con diferentes locales. En ella está la cifra perfecta de una época irreal y es como el reflejo de un sueño o como aquel drama en el drama, que se ve en Hamlet. El enlutado no era Perón y la muñeca rubia no era la mujer Eva Duarte, pero tampoco Perón era Perón ni Eva era Eva sino desconocidos  o anónimos (cuyo nombre secreto y cuyo rostro verdadero ignoramos) que figuraron, para el crédulo amor de los arrabales, una cruda mitología.
A las multitudes se fueron sumando otros rostros. Las plegarias y rezos se unieron en torno a sacerdotes, pastores, brujos y chamanes, profesionales del fanatismo y la impotencia; militares que por un momento olvidaban sus grados y aparentaban humildad y recato. Acudieron jefes de Estado con ademanes enérgicos, ágiles ministros, funcionarios obsequiosos. Se dividieron los viajes entre La Habana y Caracas para propiciar el éxito de la ceremonia. Por fin creyeron que el objetivo se había cumplido: la marcha de la tragedia fue encausada y la ausencia se convirtió en fiesta, reafirmación de una continuidad amenazada. Se equivocan los que han tratado de ver excepcionalidad en todo en ello. Simplemente hemos asistido a la manifestación del chavismo en su esencia  más clara de farsa y manipulación: la conservación del poder en unos pocos y el abuso en una credulidad de barrio, que los periodistas quieren disfrazar de mitología.
Los párrafos en cursiva pertenecen al relato El simulacro, de Jorge Luis Borges.