martes, 20 de noviembre de 2012

Sin patente de corso



La recién elección presidencial estadounidense significó un golpe al interés creciente en Miami, que se extendió por toda la Florida, en mantener una política hacia Cuba mucho más rígida que la acordada en Washington.
Desde la época del gobierno de George W. Bush, la meta republicana siempre fue no solo ir un paso más allá de las normas establecidas por Washington, sino convertir a la política estatal en una avanzada de los objetivos nacionales, en lo que respecta al tratamiento del caso cubano.
Se trató de un objetivo primordial de largo alcance: consolidar el poder político en uno de los estados más importantes para las elecciones presidenciales, de forma tal que la política norteamericana hacia la isla no estuviera influida solo por la labor de cabildeo y los poderosos contribuyentes cubanoamericanos del sur de la Florida, sino por una maquinaria republicana que puede resultar clave a la hora de elegir al mandatario de la nación más poderosa del planeta.
El exlegislador federal David Rivera fue un buen ejemplo, dentro un grupo de legisladores cubanoamericanos, que en parte trataron de ocupar el vacío que dejó la muerte de Jorge Mas Canosa y la pérdida de poder de la Fundación Cubano Americana, no desde una función de cabildeo y presión, sino como parte del poder legislativo de la nación.
Rivera fue uno de los redactores en el 2003 de una carta --firmada por un grupo de representantes estatales republicanos de la Florida-- que urgió al presidente Bush para que actuara con mayor firmeza respecto a Castro, o de lo contrario podría perder su apoyo para las elecciones del 2004. Meses más tarde, el mandatario aprobó la serie de restricciones a las remesas y los viajes a la Isla.
El exlegislador incluso llegó a hablar de reducir los beneficios sociales a quienes viajaban a Cuba e imponer impuestos a los empresarios floridanos que negocian con La Habana.
Por entonces se dio un fenómeno paralelo, al surgir entonces en Florida un grupo de legisladores con republicanos varias características similares y opuestas a los llamados "talibanes'' del régimen de Fidel Castro.
La prensa internacional había creado la categoría de "talibanes'' ⎯una denominación errónea al concederle celo ideológico a lo que es simplemente sumisión oportunista⎯ al grupo de jóvenes que pasaron de su militancia en la Unión de Jóvenes Comunistas y la Federación Estudiantil Universitaria al Grupo de Coordinación y Apoyo del Comandante en Jefe.
Sin embargo, al igual que ocurrió primero en Cuba, donde luego del traspaso temporal y luego permanente de los cargos de Fidel Castro el llamado Grupo de Apoyo del Comandante perdió su razón de existir, la nueva situación política de Estados Unidos en general ha mostrado una pérdida de apoyo a las posiciones extremas.
Al hablar de semejanzas, no se intenta sólo comparar los extremos dentro de dos polos ideológicos. Más bien en este caso es enfatizar la seducción que siempre ofrecen los caminos trillados y la comodidad de lograr el triunfo recorriendo una vía segura.

Más allá de los encasillamientos generacionales y las divisiones por edades, entonces se puedo establecer un amplio paralelo entre estas dos generaciones de relevo, la que vivía en Cuba y la que creció en el exilio.
En lo que respecta a Miami, se trataba de un grupo de hombres y mujeres que por fecha y lugar de origen ⎯varios de ellos nacieron en este país⎯ no comparten una historia común con los residentes de la isla, pero se consideran depositarios de la Cuba que dejó de ser: hijos del anhelo de darle marcha atrás al reloj histórico y político en Cuba, para borrar todo vestigio del proceso revolucionario, y herederos del llamado ''exilio histórico''.
Gracias a su participación en los triunfos electorales de los hermanos Bush, este grupo desempeñó un importante papel en la confección de la política norteamericana hacia la isla. El objetivo era continuar ampliando una política que es compartida por una buena parte de los votantes cubanoamericanos con más años en el exilio. En última instancia, lo importante para ellos no era la efectividad de esa política, sino que ésta ejemplificara su influencia política.
Con la reelección del presidente Barack Obama, su triunfo en Miami y el hecho del aumento del voto cubanoamericano para el candidato demócrata, se ha producido un cambio significativo hacia una política más sensata y menos obsoleta e inútil en lo que respecta a la situación cubana.
No quiere esto decir una actitud de acercamiento hacia un régimen anquilosado, sino simplemente el dejar a un lado una retórica ineficaz.
Si bien la derrota de Rivera obedeció en gran medida a características propias del político ⎯y por ello este hecho no fue incluido en el párrafo relacionado con los cambios⎯, no deja de forma parte de ese conjunto en lo que se refiere al simple hecho de que el anticastrismo ha dejado de ser una patente de corso. Ya era hora.